Igualdad y desarrollo de software. ¿A quién le conviene?

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Hace unos días asistía en Twitter a la conversación de varios desarrolladores, MVP, técnicos, etc. acerca de la visibilidad de las mujeres en el evento para desarrolladores Codemotion. Espoleados por nuestro particular Pepito Grillo de la comunidad Microsoft en España Edin Kápic, los comentarios no se hicieron esperar por parte de desarrolladores, MVP o evangelistas de Microsoft como Isabel Cabezas cuya opinión como representante femenina tiene especial valor.

Al final, entre tanto hilo y con la limitación de espacio que caracteriza a Twitter parece que teníamos muchas preguntas e interés en el tema de mujeres y desarrollo de software pero pocas respuestas.
Como parte doblemente interesada por ser desarrollador y padre de una hija a la que me gustaría ver en “ciencias” (STEM), quiero hablar solo un poco (el tema es extremadamente complejo por lo que parece absurdo intentar ir más allá en solitario) de mis opiniones y dudas acerca de si es necesario o siquiera buena idea esforzarse en aumentar la presencia femenina en el sector.

Empezaré diciendo que la vez que más abiertamente he escrito sobre el feminismo fue comentando en junio el documental CodeGirl  y que cobra mayor relevancia con cada evento que persigue la igualdad estadística entre sexos. Y no lo he hecho más a menudo porque es un tema “caliente” que podría volver fácilmente un texto en un problema para el autor, pero con una hija estos temas cobran cada vez más importancia. También, quizá por haber leído Universidad y Ciencia en España, de Clara Eugenia Nuñez  y La Tabla Rasa de Steven Pinker, me surgen serias dudas sobre si es buena idea lanzarse a movilizar mujeres y hombres a la búsqueda de la igualdad estadística, en parte por si estamos resolviendo un problema equivocado y en parte por si provocaremos efectos secundarios no deseados.

En cuanto a mi opinión sobre las mujeres en el software, aunque muchos comentan que todas las desarrolladoras de software con las que han trabajado eran estupendas, yo diré que también las he encontrado muy malas, pero parecen trabajar mejor en equipo en general. De todos modos no he tenido ocasión de trabajar con tantas como hombres ni de lejos así que aquí tengo un sesgo clarísimo, y eso señala un problema o una característica social o del sector que valdría la pena explorar.
Sobre mujeres dando charlas, la única vez que he insistido en que alguien nos diese una charla técnica fue de una compañera de front-end. Ella pensaba que “no era tan buena” pero yo veía evidente que sí y creo que el tiempo acabó dándome la razón. En ningún caso quería incluir mujeres (era interna) sino aprender de los más competentes y en este caso era ella.

Por último, pongamos algunas cosas sobre la mesa:

  1. Hay un interés económico claro y reconocido de aumentar el pool de desarrolladores disponibles para la industria (lean algunos comentarios, son interesantes).
  2. Hay un interés claro de determinadas empresas en aumentar la diversidad de desarrolladores (más allá del sexo) en sus plantillas en pro de la “innovación”. Sea lo que sea eso.
  3. Como sociedad, parece que España es una de las mejores del mundo, muy lejos de la estadounidense.
  4. Desarrollar software no es fácil, y requiere de una dedicación seria con una necesidad de renovación constante que no todo el mundo (sea del sexo que sea) está dispuesto a asumir y mucho menos a disfrutar. Recordemos que los jóvenes quieren ser funcionarios.
  5. Los Estados Unidos son una sociedad diferente, con problemas diferentes a la Española, de los cuales no deberíamos importar soluciones sin más, sin un poco de espíritu crítico, a riesgo de generar nuevos problemas o romper cosas que funcionan, como la sanidad pública.
  6. Hay despidos en empresas técnicas como Microsoft a nivel mundial o HP localmente.

Por tanto, mi opinión actual es que tenemos varias economías nacionales con intereses claros en aumentar y diversificar el pool de desarrolladores. Tenemos también una oleada de problemas “del primer mundo” y soluciones extraídas de la sociedad estadounidense que están siendo importadas prácticamente sin espíritu crítico por colectivos interesados como son políticos (votadme mujeres de 18 a 35 años), empresas de eventos (mujeres, venid a mi evento de pago) y empresas/profesionales de formación (hágase rica programando con mi curso). Sobre la formación además parece que estamos ante una burbuja.
Y por último tenemos a los desarrolladores sin distinción de sexo o edad, que parece que tenemos un incentivo económico para NO aumentar el pool de desarrolladores. Con ello algunos esperan conseguir sueldos un poco más altos (acordes a lo que esperaríamos en otras economías del entorno) o al menos evitar despidos como los de HP por poner un ejemplo. Este último caso deja claro que no hay escasez real de mano de obra técnica, sino de mano de obra barata.

Todo esto debería dar bastante que pensar y hace que me plantee decenas de preguntas. Tantas que he desistido de intentar articularlas o mencionarlas aquí con idea de centrarme en la más importante.

¿Qué problema queremos resolver realmente?

O a nivel más personal y concreto ¿cómo va a hacer más felices a mi mujer y a mi hija el aumento de mujeres desarrollando software?

A la primera pregunta la única respuesta evidente es que queremos abaratar costes a empresas (no a autónomos, ojo). Por favor, si alguien tiene otra, que me la diga, porque yo no soy capaz de dar una alternativa.

A la segunda pregunta no parece que aumentar el número de mujeres desarrollando vaya a tener un efecto beneficioso sobre el futuro de mi hija. A priori, siendo mujer te puede ir mejor si está dispuesta a aprovecharte del sistema y de los sesgos (leyes, micromachismos) aunque imagino (que no veo) que puede tener sus ventajas aumentar el número. Pensando en efectos secundarios lo que veo es un escenario de sueldos peores y mayor competencia, por lo que estaríamos ante la típica carrera hacia el abismo.

Así que, aunque me parece normal y deseable que grandes empresas se envuelvan en la bandera de la inclusión para mejorar ingresos, yo no veo ningún incentivo para que los trabajadores apoyen iniciativas de este tipo, fuera de los sectores de formación, organización de eventos y política (que no es poco). E incluso yendo más allá y reconectando con el tema que abría este post, me pregunto si tienen sentido los eventos técnicos presenciales a día de hoy o si deberían cambiarse a un formato más inclusivo para todos como es el remoto vía Hangouts y similares. Quizá las hololens y otras tecnologías puedan aliviar a eso y permitir que las minorías que no pueden o no quieren viajar a los eventos, formen parte de estos.

Para terminar este artículo, me gustaría dar algo de visibilidad a la iniciativa de Codemotion y a Isabel Cabezas para que aquellas mujeres que quieran dar una charla sepan que son bienvenidas en el Codemotion 2017. Yo por mi parte intentaré organizar una mesa redonda en el Meetup que hacemos regularmente en Toledo, acerca de la inclusión de niños (tenemos padres y tíos) y mujeres (no se animan a venir) en el mundo de desarrollo software.

PD: he tenido que reescribir este artículo tantas veces, para evitar problemas, no dispersarme demasiado y hacerlo digerible, que casi voy a tener que coger unas vacaciones en cuanto lo publique.

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Libro: Universidad y Ciencia en España


Título: Universidad y Ciencia en España. Claves de un fracaso y vías de solución.

Autora: Clara Eugenia Nuñez

Editorial: Gadir

Clara Eugenia Nuñez fue, entre otras cosas, Directora General de Universidades e Investigación de la Comunidad de Madrid hasta su cese en 2009. Muchos podríamos pensar en ponerla en cuarentena cuando nos enteramos de que fue nombrada por la mismísima Esperanza Aguirre pero tras ver algunas reseñas del contenido en varios medios, decidí no solo leerlo, sino además pagar por el envase de papel. Y debo decir que ha sido una de las mejores compras que he hecho.

Clara, al margen de todos esos títulos y dignidades que posee (y que podrían facilitar falacias de autoridad en muchos ambientes), es una persona que no solo no ha militado en el partido favorito del Gran Wyoming, sino que además consigue con este libro hacer amigos entre distintas organizaciones y signos políticos a base de dar cera párrafo a párrafo: no se salvan ni el PP, ni el PSOE, ni los rectores, sindicatos, estudiantes o universidades.

A lo largo de las páginas, el libro sostiene opiniones similares a las mías en cuanto a que el problema principal de este país no es una o varias “malas” personas (que las hay y muy malas) o la falta de talento (que tenemos a patadas), sino un problema sistémico que en este caso queda retratado a nivel político, cultural y científico por la experiencia de la ex directora de la DGUI.

Si en la primera parte del libro encontramos un contexto histórico para situarnos en el estado de la investigación y la ciencia española, en la segunda parte se nos va desgranando cronológicamente lo que podría ser una temporada de House of Cards por derecho propio, donde podremos alcanzar con su lectura niveles de estupefacción ante una realidad contada por su protagonista y que dependiendo de nuestra integridad moral, puede llegar a revolver el estómago. Yo por mi parte nunca olvidaré el nombre de Lucía Figar.

A continuación transcribo alguas citas que podrían animar a la gente a leer este libro:

La Revolución Científica del siglo XVII y la Ilustración del siglo XVIII tuvieron lugar al margen de las universidades porque quienes las hicieron posibles no encontraron en los claustros el ambiente adecuado, de estímulo y respeto, que les atrajera a ellos y se organizaron y comunicaron a través de otras instituciones, las Sociedades Científicas, entre ellas.

El problema de la universidad no era en 2003, ni es ahora, diez años más tarde, uno que se resuelva con un aumento del gasto público. El problema es institucional. Frente a los representantes de la derecha y de la izquierda, unidos por un mismo enfoque del problema de la universidad basado en el clientelismo y en la defensa de los interese de los profesores universitarios, y cumpliendo con mi papel de nota discordante en el debate televisivo, reiteré una y otra vez que ¡cielos!, no se les ocurriera incrementar los fondos públicos sin antes corregir los problemas internos de la universidad, cambiar el sistema de gobiernos, implantar mecanismos de control de los resultados, incentivos a los comportamientos adecuados y a la responsabilidad de todos sus miembros, etcétera. Aumento del gasto sí, pero precedido de cambios estructurales que doten a la enseñanza universitaria de un marco institucional adecuado.

Con el actual sistema universitario, para un rector lo importante de un profesor no son sus méritos científicos, los que definen a una universidad e importan a la sociedad, sino su capacidad para allegar votos en las próximas elecciones. Lo mismo ocurre con cualquier cargo electo dentro de la universidad. La promoción interna, así como el crecimiento o el estancamiento de departamentos y equipos de investigación, dejó de estar dictada por criterios académicos, de excelencia o de necesidad. Los intereses de los cargos electos universitarios prevalecieron sobre los de la universidad como institución al servicio de la sociedad. La movilidad interuniversitaria desapareció y fue sustituida por la aparición de una fuerte endogamia.

Si un rector decide contratar a un profesor, se le contrata. Si no tiene interés, justificará su negativa en que falta algún trámite administrativo, como la aprobación del Departamento o de la Facultad, en cumplimiento del viejo adagio: “Al amigo, el favor; al enemigo, la ley”.

Las reuniones de los rectores con la presidenta de la Comunidad de Madrid se habían reducido a un mínimo muy saludable […] Era acostumbrado que en todas ellas pidieran mi cese, petición que en ocasiones hicieron extensiva al consejero y a la vice-consejera.

Los rectores querían imponer a la Comunidad los criterios y cuantías a recibir [de financiación], algo que la Comunidad no estuvo dispuesta a aceptar. Nuestro objetivo era institucionalizar las relaciones entre ambas administraciones a través de un instrumento –la asignación de fondos públicos- que permitiera hacer una verdadera política universitaria basada en el respeto de las competencias y responsabilidades que correspondieran a cada una. Ese diseño debía ser conjunto para que tuviera éxito.

Hoy no hay un proyecto educativo o científico nacional sino 17 proyectos regionales, algunos con aspiraciones nacionalistas, amparados todos ellos por los sucesivos gobiernos centrales. El supuesto derecho de los territorios –las comunidades autónomas- a contar con universidades propias, instalaciones científicas singulares, institutos de investigación del CSIC o de nueva planta, centros de excelencia, parques científicos y tecnológicos, y un largo etcétera, ha amparado una política científica basada en una fuerte dispersión geográfica de la inversión estatal en I+D. De hecho, esta política se inició con la creación de la Universidad de Castilla-La-Mancha […] y continúa con la política de los Campus de Excelencia de la que no ha quedado fuera ninguna Comunidad Autónoma, pese a su denominación y pretendidos objetivos.

[Miembros del departamento de Economía de la Carlos III] me pidieron, una y otra vez, que no pusiera en marcha IMDEA Ciencias sociales […] sino que les diera directamente los fondos a ellos “para subir los sueldos”. Yo estaba de acuerdo en que se subieran los sueldos y creo haber dicho ya antes que los buenos académicos no están bien retribuidos en la universidad española. Pero no era la Comunidad a quien correspondía hacerlo sino a su universidad. Los rectores, que tenían capacidad para ello, no lo hacían porque se oponían los sindicatos –de quienes ellos dependían para mantenerse en su sillón y que, por supuesto, son partidarios de la, a mi juicio injusta, igualdad salarial.

En España han sido relativamente comunes los centros unipersonales, creados en torno a una figura indiscutible, a menudo ya superado su período fértil como investigador, y que, tras muchos años en el extranjero, quiere volver a España. Estos centros suelen tener un gran impacto mediático, proporcional a la fama del epónimo, por lo que resultan muy atractivos para los políticos.

IMDEA Ciencias Sociales demostraba que el nuevo marco institucional funcionaba. El problema de la ciencia en España no era –como tan a menudo reclama la comunidad científica- de recursos (el Instituto era un modelo de frugalidad), sino de voluntad política y académica de apoyar sin reservas la excelencia institucional e individual; de guiarse por una estricta separación de poderes y responsabilidades; y de mantener un estricto seguimiento de resultados.

La verdadera amenaza, de la que los rectores eran plenamente conscientes, pero que nunca admitirían en público, era que IMDEA podría poner de manifiesto el fracaso de la universidad española de la que ellos eran representantes, y quién sabe si podría cuestionar, de paso, su labor como rectores. Ninguna universidad española se encuentra entre las 200 primera del mundo […] sin duda y en parte, esto se debe al marco institucional que las regula, pero cuya reforma los rectore nunca habían pedido.

En IMDEA Ciencias Sociales nunca hubo secretarias: “¿Y les dictamos las cartas? Para eso las escribimos nosotros directamente”, comentaba el director. Pero ese modus operandi no era universalmente compartido.

[Acerca de Lucía Figar y su gestión como Consejera de Cultura de la Comunidad] Ella misma se convirtió en jefa de prensa de la Consejería, hasta el punto de que los temas y las decisiones se empezaron a tomar en función de lo que hubiera aparecido en los medios en esos días. En cierta ocasión, un diario protestó un par de veces por la falta de cocinero en un centro infantil, lo que originó el envío de uno inmediatamente, en contra de lo mantenido durante meses por la directora general del área, que seguía instrucciones de la propia consejera. La directora no pudo evitar comentar amargamente: “Si tiene que salir en tal diario para que se tome una decisión, mañana empiezo a tramitar mis temas por esa vía”.

Era evidente que, entre los asesores que rodeaban a Figar, mi opinión no contaba mucho. En más de una ocasión, tras uno de los frecuentes enfrentamientos dialécticos con Figar a los que me llevaba la defensa de la política institucional de la Dirección General frente a la política de los amigos políticos que ganaba en favor de la Consejería, esta me espetó con cierta sorpresa no exenta de frustración ante mi firmeza un “Y tú ¿por qué haces esto?”. Mi respuesta era invariable y me parecía obvia: “Por los hijos de todos los madrileños, incluidos los tuyos, que se merecen una buen sistema de enseñanza que garantice su futuro”. ¡Qué otra razón había! Su secretario general me recordó varias veces que yo “no estaba allí para tener ideas sino para ejecutar órdenes”, algo que no se correspondía en absoluto con la responsabilidad que había asumido y que me hacía permanecer en el cargo, como le hice saber una y otra vez.

[Acerca de una propuesta para mejorar la educación bilingüe] El proyecto fue rechazado con un escueto e incomprensible comentario: “No te has reunido lo suficiente”.

[En España] la quiebra de una empresa [en el sentido de proyecto] cualquiera se considera un fracaso sin paliativos que estigmatiza a quien la insta. Yo era consciente de que no todos los investigadores que estaban participando en la gestación de IMDEA compartían mi idea del trial and error, de reconocer y admitir tanto los éxitos como los fracasos en el largo y difícil proceso de dotar a Madrid de un entorno institucional adecuado para la ciencia.

[Tras la irresponsable actividad de Lucía Figar y algunas maniobras realmente sucias] Los directores entendieron que la supervivencia de los institutos no iba a depender de su capacidad de consolidarse como centros de referencia internacional, sino del favor político y personal que cada uno de ellos obtuviera de la consejera de Educación. […]

Como era de temer, no hubo unidad entre los directores y se abrió un amplio abanico de posturas. Los directores cuyo instituto hubiera salido peor parado de una evaluación se pusieron inmediatamente en manos de la Consejería, es decir, a las órdenes de Jorge Sainz. Este enfoque rindió frutos inmediatos: los fondos les fueron pagados con puntualidad, y en algunos casos, incluso aumentaron.

La incapacidad de la mayoría de los políticos y de una parte considerable de los científicos para entender la importancia de un marco jurídico adecuado y estable ha dado lugar a la configuración y supervivencia de instituciones socialmente irresponsables, es decir, incapaces de cumplir sus objetivos. En estos últimos meses se han oído muchas voces clamando en contra de los recortes presupuestarios para la investigación en los presupuestos de 2013. Pero apenas algunas voces aisladas, con escaso eco mediático y social, reclaman de nuestros políticos un marco jurídico que nos permita realmente ser competitivos y eficaces.

Los académicos somos tan responsables como la clase política de la situación de atraso que la universidad y la ciencia tienen en nuestro país, pero es a nosotros a quienes corresponde denunciar la situación actual y pedir los cambios necesarios.

Responsabilidades y Cambios

Tras unos cuantos años de trabajo en diversas empresas y para hordas de usuarios, grupos de trabajo, y departamentos, he llegado a formarme una opinión sobre algunas cosas, entre ellas sobre la importancia de la definición de responsabilidades en la empresa (o proyecto o sociedad).

Directivos, mandos, jefes

Pienso que cuando no hay responsabilidades (tareas, límites, autoridad) claramente definidas en un grupo*, suele ser porque no hay nadie responsable** al mando.

Quizá esta idea tenga que ver con lo que pienso sobre la cultura empresarial: que una empresa se comporta como se comportan sus directivos, que son quienes recompensan o penalizan el comportamiento y resultados de sus subordinados, realizando así una suerte de selección artificial de la actitud que debe existir en la empresa.

O puede que tenga más que ver con la imitación de los roles “superiores”, que hacen que tendamos a actuar como el sujeto alfa del grupo. En cuyo caso, si el sujeto alfa es un corrupto y un cretino, la gente tenderá a comportarse como corruptos y cretinos (sí, es una referencia a la España actual). Y si el sujeto alfa tiende a no concretar las cosas y “delega” responsabilidades solo a nivel teórico (no delegando la autoridad real para tomar decisiones, los recursos, etc.) entonces tendremos un montón de subordinados que ni concretan, ni toman decisiones.

Sea como fuere, pienso que para que una empresa funcione, es necesario que existan responsables claros (es decir únicos, y ojo que no he mencionado jerarquía ni rol), en todos los niveles de la empresa. Que no existan zonas grises, o al menos que sean muy pequeñas, donde los vacíos de poder y responsabilidad no permitan (o al menos dificulten mucho) decir “ese no es mi problema”. Porque a mi entender, cualquier problema de la empresa (o proyecto, o comunidad), es un problema de todos, y si al menos una persona no levanta la mano y dice “yo me encargo” cuando aparece un problema, entonces esa empresa tiene un problema gordo.

Toxicidad

El problema gordo es que se trata de un entorno donde la gente no considera los problemas de la organización como problemas suyos, donde se prefiere dejar el “marrón” a otro, donde un cambio siempre es percibido como un peligro… en definitiva, se tratar de un lugar donde se ha generado una dinámica tóxica que daña a todos. Una en la que la gente no se hace cargo de nada porque “no es mi trabajo”, ni considera que tenga que hacer nada al respecto de ningún problema porque “no me pagan para eso”, donde una actualización y mejora de las herramientas genera dramas y tragedias, etc. Una dinámica que se extiende poco a poco por la organización convirtiendo a todo el mundo en personas quemadas, personas desinteresadas por su trabajo, incapaces de adaptarse a los cambios o aportar algo nuevo a su entorno. Una empresa, comunidad o proyecto muertos, que solo aspiran a mantener cerrado su frasco de formol.

Y no es eso lo que yo quiero para la empresa (o sociedad) en la que trabajo (pasada, presente o futura). Y por eso trato de hacer lo posible para que ese tipo de actitud irresponsable** tenga el menor efecto posible en lugar de extenderse como un cáncer. A quien no desea asumir responsabilidades y solucionar problemas lo acabo saltando (sin drama ni a escondidas), y solo le pido que no se interponga en el camino de quien trate de dar soluciones, independientemente de si soy yo quien da las soluciones o cualquier otra persona. En ocasiones he tenido que tomar la solución de una persona que no se decidía a saltar sobre determinados cargos-obstáculo, para desbloquear alguna situación, pero en lo posible prefiero que sea la propia persona la que lo haga, dándole respaldo público, como manera de tratar de cambiar la cultura tóxica por una responsable. Vamos, que si la empresa va convertirse en un nido de indolentes, va a ser a pesar de mí o sin mí.

Personas que obstaculizan

Al hilo del perfil “cargo-obstáculo” (quizá “carga” sea un buen nombre) que no asume responsabilidad y que se interpone en las soluciones, he de decir suelo entenderlo como un perfil circunstancial: cada persona es un mundo y hay multitud de razones personales y profesionales, al margen de las dinámicas aprendidas del entorno (siempre se ha hecho así), por las que una persona se puede comportar así: Desde la necesidad de estabilidad (no quieren cambios ni líos), a la incompetencia percibida (baja autoestima), sin olvidar la existencia de perfiles tóxicos (psicópatas funcionales) que se encargan de dinamitar iniciativas y personas, y que son un tema tan interesante, pero que da para tratarse aparte.

Conclusiones

El mundo es un lugar complicado… porque está lleno de gente. Una empresa es parte de ese mundo y a la vez una representación en miniatura de ese mundo, y por ello el impacto de una sola persona es mucho más acusado de lo que podemos creer en una empresa o comunidad pequeña.

Si somos conscientes de esta relación entre el mundo y la comunidad, y nos fijamos en que es necesario un Lutero, Colón, o Mandela para cambiar el mundo, podemos inferir que en un mundo pequeño como nuestra organización o comunidad, no necesitamos tanto trabajo o audacia para cambiar las cosas y simplemente actuando con responsabilidad y exigiéndola a los demás, simplemente arreglando lo que esté roto o encauzando lo que se desmadre cuando nos sea posible, estaremos cambiando las cosas para mejor. Aunque solo sea un poco.

 

* Entendiendo grupo como: grupo de trabajo, departamento, área, o la empres al completo.

**Entendiendo responsable como: persona que adquiere compromisos que tiene intención de cumplir, trabajando en ellos.

Postdata

Llevaba algún tiempo escribiendo este artículo, pero hasta que no he leído la última entrada de Steven Sinofsky, no he podido terminarlo satisfactoriamente. Creo que me hubiese gustado tenerlo de jefe, aunque nunca se sabe.

Libro: Bajo presión

Título: Bajo presión. Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente.

Editorial: RBA

El título es algo engañoso. Honoré no nos va a decir como educar a nuestros hijos, aunque si hacemos caso a lo que cuenta, esa era su intención al iniciar la escritura de este libro.  Lo que sí hace Honoré es buscar y descubrir formas de educar a los niños, analizar qué parece funcionar y qué no, o incluso qué puede ser dañino. Y ya es bastante.

Puede que para algunos padres o interesados en el tema, esta obra sea algo novedoso, pero me temo que a mi me pilla un poco tarde. Ya creo (porque hablar de “saber” me parece absurdo venga de quien venga cuando hablamos de educación) que la educación es algo tremendamente complejo, con muchos intereses cruzados y opuestos de las comunidades de padres, profesores, editores, políticos… Entiendo que extraer conclusiones es terriblemente difícil dado que la educación es algo que abarca décadas, y también entiendo que la estadística solo funciona con números grandes, nunca con individuos. Así que gran parte de lo interesante del libro, me pilla un tanto de vuelta. Aun así está bien para reafirmarse, para ver como cosas que crees, son respaldadas por alguien con datos y mejor defendidas de lo que podría hacer uno mismo. Y es agradable ver durante el periplo de Honoré, que hay muchas iniciativas en marcha en el mundo para mejorar la educación y reducir la locura en la que se han convertido muchas sociedades y sistemas educativos.

Lectura altamente indicada para padres, educadores y personas relacionadas o interesadas con la formación y la educación pública y privada.

A continuación, algunos extractos:

Marilee Jones, ex docente a cargo de las admisiones en el MIT, observó que el campus había perdido parte de su brillo creativo. Concluyó que el proceso de admisión estaba descartando a los inconformistas, a las personas del estilo de Bill Gates, los rebeldes que persiguen una idea por sí misma en vez de complacer a los padres o a los posibles jefes.

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Tal vez lo más sorprendente sea que los exámenes no constituyen ninguna prioridad en Finlandia. Aparte de los exámenes finales al término del instituto, los niños finlandeses no se enfrentan a exámenes estándar. Los profesores los ponen pruebas en sus respectivas áreas, y las escuelas comprueban la evolución de los alumnos, pero la idea de empollar para las pruebas de acceso a la universidad es tan ajena a Finlandia como una ola de calor en invierno. Ello plantea una deliciosa ironía: el país que pone menos énfasis en la competencia y los exámenes, que  muestra un menor interés por las escuelas preparatorias y las clases particulares, es siempre el primero del mundo en los competitivos exámenes de PISA.

Según Domisch Rainer, experto en educación alemán que ha vivido casi treinta años en Finlandia, esta paradoja se debe a que el sistema finlandés antepone las necesidades de los niños a los ambiciosos deseos de padres y burócratas.

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Logramos buenos resultados generales porque atendemos a todos los estudiantes – dice Kassinen. La clave es que los chicos de todas las capacidades estén juntos en la misma clase: al fin y al cabo, así es la sociedad.

Los informes de la OCDE lo confirman: en los países que evitan la división de alumnos según sus aptitudes, hay mejores estudiantes.

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Los maestros de escuela fineses tienen una tendencia excesiva al método de instrucción tradicional de pizarra y lección. Es extraño, si tenemos en cuenta su afición a la tecnología, pero los finlandeses tampoco se han apresurado a informatizar sus aulas.

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Tal vez la lección más amplia es que no hay una fórmula mágica para mantener a los niños controlados, ni hace falta que la haya. Sólo hay que pensarlo un momento: ¿hay algo más espeluznante que un niño que se comporte de modo impecable en todo momento? ¿O una familia que nunca se pelee? Rebelarse contra la autoridad forma parte del crecimiento –todos lo sabemos instintivamente- y el conflicto es un rasgo de la vida familiar. Tal vez no resulte agradable que los niños estén enfurruñados, den portazos o digan entre dientes “Te odio”, pero eso es parte del trato paterno filial.

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Después de que los románticos entronizaran la idea de la inocencia infantil, el miedo a la corrupción no cesó de intensificarse. Los críticos advirtieron que leer cómics estimularía en exceso a los jóvenes y los llevaría a cometer crímenes y actos disolutos. Otros temían que el trabajo en las fábricas de la Revolución Industrial mancillaran moralmente a los niños, lo que motivó que algunos jefes contrataran a monjas o enfermeras para tranquilizarse la conciencia. Como todos los demás miedos sobre la infancia, el temor a la corrupción aumentó en el siglo XX, y se amplió hasta abarcarlo todo, desde la música rock a tiendas de regalos.

Esto nos muestra una de las paradojas más curiosas de la infancia moderna: hoy, al mismo tiempo que nos inquieta nuestra pérdida de inocencia, permitimos, incluso alentamos, que los niños se mojen cada vez más temprano los dedos en la piscina adulta. En parte se debe a nuestro deseo de acercarnos a los hijos, de fortalecer el estatus de “mejor amigo”. Al fin y al cabo, nada une más a dos personas que un pasatiempo compartido. Sólo hay que oír cómo deliran algunas madres sobre hacer limpiezas de cutis y pedicura a sus hijas de nueve años.

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Claro está que el papel de los padres sólo es una parte de la ecuación. Más allá de la familia, debemos replantear las normas que gobiernan todo lo tocante a las vidas de los niños: escuela, publicidad, juguetes, deportes, tecnología, tráfico. Eso implica aceptar algunas verdades incómodas: que los coches deben ocupar menos espacio en nuestras calles, que gran parte del mejor aprendizaje no puede medirse, que los chismes electrónicos no pueden reemplazar algunas cosas, que la medicación debe ser el último recurso ante un comportamiento difícil, que nuestra adicción colectiva al consumo debe acabar.