Libros: Hooke. La ambición de una ciencia sin límites

 


Título: Hooke. La ambición de una ciencia sin límites.

Autor: Manuel Valera

Editorial: Nivola

Con el reciente estreno de la magnífica serie Cosmos de Neil deGrasse, tuve ocasión de recordar a Robert Hooke, un personaje muy relevante de la ciencia de finales del siglo XVII y pieza clave en la existencia de la Royal Society inglesa. Al no ser mi primer encuentro con el personaje, gracias a Neal Stephenson y su genial Criptonomicon, me llamó la atención que le pintasen como malo malísimo en la polémica son Isaac Newton, y decidí aprender algo más sobre este científico leyendo esta biografía.

Lo primero que he de decir, es que se trata de un libro ligero tanto en número de páginas como en lectura, lo que no evita que le dé un buen repaso a la figura desde distintos puntos de vista: su vida personal, sus aportaciones científicas y técnicas, su desempeño en la Royal Society, las polémicas y el contexto de la época. Además no niega de ningún momento el carácter difícil que a menudo se pinta de él, pero se contextualiza dentro de sus dolores crónicos, la manipulación interesada existente dentro de la Royal por parte del secretario Henry Oldenburg y las frecuentes disputas que levantaba el intercambio científico/filosófico (véase el caso Newton – Leibniz).

De este libro me quedo con muy buen recuerdo al conocer una mente privilegiada e intuitiva, capaz de conocer y aportar ideas radicales y acertadas a temas tan diversos como geología, biología, mecánica, óptica o gravitación… y siempre con un propósito y dirección en mente. En particular su capacidad para describir el proceso de fosilización y defender posiciones evolucionistas en una época tan temprana es impresionante. Por supuesto se describe también su disputa con Newton en el campo de la gravitación y la teoría de la luz, pero de una forma más detallada de lo habitual, por lo que deja de ser un tema en blanco y negro como proponía Cosmos, y se perciben muchas sombras favorables a Hooke.

Para finalizar esta reseña querría compartir algunos pensamientos que me han surgido durante la lectura del libro: por un lado queda clara la necesidad de comunicación abundante para el avance de la ciencia y el pensamiento en general. Sin la correspondencia y reuniones constantes de la Royal Society con el resto del continente Europeo, habría sido imposible el avance técnico y científico tan reseñable que se dio en la época y eso pone de relevancia la importancia de la apertura (publicación), discusión inmisericorde (replicar y exigir datos) y el apoyo institucional (dinero) para obtener resultados en el ámbito científico. Podría decirse que un Newton, sin un Hooke y un Halley generando el contexto adecuado, probablemente no hubiera dejado apenas huella. Por otro lado, es interesante pensar qué habría sido de espíritus tan sensibles a la crítica en el mundo hiperconectado de hoy, donde tenemos un término como “troll” para determinados comentaristas insidiosos, y no me cuesta mucho imaginarme a los más grandes científicos de la época con crisis nerviosas a los pocos meses de publicar cualquier cosa. Mi última reflexión antes de terminar es que una ciencia interdisciplinar, un cuerpo de conocimientos variados, lleva a conclusiones más próximas a la verdad que una orientada a un ámbito concreto. Por ello parece que al final Hooke tenía unas teorías más válidas sobre el mundo y sus fenómenos que Newton, aunque todo el mundo valore más la aportación del último.

Así que si te gusta la ciencia, el periodo de la Ilustración, la historia de la Royal Society, las luchas de egos y mentes privilegiadas o la historia británica en general, este es un libro que disfrutarás sin esfuerzo.

A continuación unas breves citas:

La extraordinaria amplitud de su obra ha llevado a que en ocasiones, se le minimice, tachándole de ser demasiado difuso para poder ser considerado como una figura científica relevante. Pero para ser ecuánimes habría que significar que Hooke no fue en realidad un pensador tan difuso como a primera vista parece, pues muchos de los temas sobre los que trabajó estaban en aquella época estrechamente relacionados. Esto puede apreciarse, por ejemplo, en el problema del cálculo de la longitud en el mar, que implicaba una docena de diferentes ramas de la ciencia: en primer lugar, la astronomía, no solamente en sus aspectos prácticos relativos a la navegación, sino también en sus consideraciones generales sobre los movimientos planetarios y la gravedad; la mejora de los instrumentos astronómicos implicaba la óptica; también la cronometría era muy importante en esta conexión, con la necesidad de inventar un cronómetro y perfeccionar los relojes para los observatorios; por otra parte, el desarrollo del comercio marítimo también exigía grandes avances en los estudios geográficos, incluyendo la cartografía y meteorología; esta última se solapaba con el trabajo sobre las “cualidades del aire”, no solamente en los aspectos relativos a la presión, temperatura, elasticidad, sino también en los relativos a su función en la respiración y en la combustión; y esto a su vez implicaba problemas marinos tales como la invención de aparatos para buceo, sondeos y recogida de muestras.

En el conjunto de la obra de Hooke, sus aportaciones instrumentales están íntimamente ligadas a su visión de la ciencia. Hooke estaba absolutamente convencido de que sin exactitud en las medidas cuantitativas la ciencia no se podría desarrollar plenamente. Para Hooke las medidas precisas del tiempo, del peso, de la presión atmosférica, de los ángulos y de las distancias eran clave para avanzar en la nueva ciencia, y por ello se dedicó con tanta aplicación al desarrollo de los instrumentos necesarios para lograr la precisión requerida.

Anuncios

Contexto y degradación del trabajo (II)

Trabajando con menos recursos de los necesarios, uno se acostumbra a trabajar en cosas pequeñas

 

Siguiendo con la serie de contexto y degradación del trabajo, hoy querría centrarme en algo relacionado con el post anterior, quizá menos dañino en según qué casos pero igual de peligroso en general. Se trata de usar menos recursos de los necesarios para realizar un trabajo de forma óptima. Hablo de usar recursos por debajo de cierto umbral, uno que supone una degradación en la calidad del trabajo y en la velocidad de su ejecución pero que desde una perspectiva empresarial, suele parecer mejor que la alternativa: dedicar más recursos.

Veamos algunos ejemplos:

  • El típico caso en que se usa a una persona para realizar diversos roles porque “no podemos contratar a más personas“. La persona con varios roles termina haciendo muchas cosas mal (y que se pagan más adelante) porque su atención es una y las energías y horas del día, muy limitadas. Cualquiera que haya estado en esa situación y se haya parado a analizar su propio desempeño durante y después de la experiencia puede dar fe de ello.
  • Cuando se usa un teléfono, correo u ordenador para compartir entre varias personas porque “no lo usan tanto“. Las personas que se ven obligadas a compartir terminan pisándose unas a otras en ciertos momentos y teniendo que formar una especie de colas, o protocolos de uso (con suerte). Al coste de organización, tiempos de espera y roces, nadie le pone un coste, pero lo tiene en tiempos de espera e interrupciones. Y no es nada barato en el medio y largo plazo.
  • O incluso algo más sutil, como emplear un solo monitor en lugar de varios, cuando estamos trabajando con varios documentos o sistemas a la vez (cada vez más común) porque “puedes cambiar de ventana” o “así funciona”. Aquí nadie se da cuenta de que no tener la información en pantalla va a obligar a tenerla en papel (impreso) o en la cabeza, que tiene sus límites y va a ocasionar errores y agotamiento, en especial si hay interrupciones como las de las oficinas abiertas que se pusieron de moda hace años.

Hay muchos ejemplos que entran en estas categorías, como las oficinas abiertas, despachos compartidos, servidores centralizados saturados, etc. Seguro que el lector podrá pensar en varios casos concretos.

Al final, cada uno de los ejemplos anteriores se traduce en lo mismo: el uso de recursos limitados, usados de alguna forma en turnos, para realizar un trabajo. Y yo entiendo la necesidad de optimizarse el uso de los recursos, pero por debajo de ciertos umbrales, esta optimización, esta eficiencia en el uso de recursos se transforma en un coste que acaba cobrándose por otro lado un coste muy superior.

 

Doing right the wrong thing

 

Resulta que en 2 de los 3 de los casos anteriores, en lugar de optimizar el tiempo de las personas, estamos dedicándonos a optimizar el tiempo de las máquinas o a extender su vida útil. Estamos primando la optimización de uso de un recurso abundante y barato (hardware), mediante el uso ineficiente de un recurso más escaso y por tanto caro: el tiempo de las personas y su atención. Algo que se hace a diario en muchos hogares y negocios a lo largo y ancho del planeta, porque nadie se para a pensar realmente qué está haciendo. Un jefe que tuve lo llamaba “economía de guerra” y decía que podía tener su momento y lugar pero que de mantenerse en el tiempo era mejor cerrar el chiringuito y dedicarse a otra cosa. Y estoy de acuerdo.

Diría que llega un punto en que si no hay suficientes recursos para hacer algo bien, hay que plantearse directamente no hacerlo. Y es tan aplicable a lo laboral como a lo personal.

 

Pérdida de atención

Había dicho que estábamos haciendo un uso ineficiente del tiempo, pero también de la atención. Mientras que el concepto de perder el tiempo es algo fácil de transmitir, el de perder la atención no está suficientemente interiorizado. Al trabajar con recursos mínimos y tener que ir cambiando de rol, turnándose, el enfoque del trabajo se orienta a piezas mínimas, y eso conlleva un cambio constante de contexto si las piezas son demasiado pequeñas. Con esto me refiero por ejemplo a cuando trabajamos con conjuntos de datos más grandes de los que pueden usarse en pantalla: dos documentos con diagramas que son cada uno demasiado grandes para verse correctamente en una, dos escritorios remotos y el correo electrónico cuando tenemos un solo monitor pequeño… cosas así.

En algunos casos este “trabajar en pequeño” puede ser beneficioso, pero es raro que sea así cuando lo hacemos obligados por el contexto, debería ser una elección y debería variar con el tiempo. Esa ventaja de “enfocarse en detalles” es buena para un relojero o un joyero ocupado en una joya, pero no suele serlo para la administración de un sistema empresarial donde necesitamos tener claro el contexto y las interrelaciones de máquinas, personas, procesos…

Al final, trabajar fijándonos solo en detalles obligados por una limitación de recursos obliga a cambios de contextos y estos penalizan tu rendimiento al tener que mantener en memoria un montón de información que deberías tener a mano. Ese desgaste extra va a producir por un lado cansancio y por otro que otra información, probablemente vital, se quede fuera. A corto plazo es un problema importante pero a medio y largo plazo el efecto es devastador. Dejar de ver el bosque por tener únicamente la capacidad de ver la rama de un árbol cada vez puede traerá consecuencias y la buena voluntad, el wishfull thinking de los libros de autoayuda, no va a arreglar absolutamente nada. Es más, como mucho conseguiremos el perverso efecto de que la “victima” de esta “economía de guerra” se auto culpabilice. Y entonces ya no solo tendremos un problema de productividad, sino que podremos contar con un problema de abandono y reducción adicional de recursos, ya sea por cambio de trabajo o por “dimisión interior”.

 

Un clavo

Escribir este artículo me ha recordado un proverbio que leí hace mucho tiempo y que usaré para cerrar este artículo. Según la Wikipedia viene repitiéndose prácticamente igual desde el siglo XIV y así es más o menos como lo recuerdo:

Por falta de un clavo la herradura se perdió.

Por falta de una herradura el caballo se perdió.

Por falta de un caballo el jinete se perdió.

Por falta de un jinete el mensaje se perdió.

Por falta del mensaje la batalla se perdió.

Y así como la batalla, fue que el reino se perdió.

Y todo porque un clavo de herradura faltó.