Libro: Bajo presión

Título: Bajo presión. Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente.

Editorial: RBA

El título es algo engañoso. Honoré no nos va a decir como educar a nuestros hijos, aunque si hacemos caso a lo que cuenta, esa era su intención al iniciar la escritura de este libro.  Lo que sí hace Honoré es buscar y descubrir formas de educar a los niños, analizar qué parece funcionar y qué no, o incluso qué puede ser dañino. Y ya es bastante.

Puede que para algunos padres o interesados en el tema, esta obra sea algo novedoso, pero me temo que a mi me pilla un poco tarde. Ya creo (porque hablar de “saber” me parece absurdo venga de quien venga cuando hablamos de educación) que la educación es algo tremendamente complejo, con muchos intereses cruzados y opuestos de las comunidades de padres, profesores, editores, políticos… Entiendo que extraer conclusiones es terriblemente difícil dado que la educación es algo que abarca décadas, y también entiendo que la estadística solo funciona con números grandes, nunca con individuos. Así que gran parte de lo interesante del libro, me pilla un tanto de vuelta. Aun así está bien para reafirmarse, para ver como cosas que crees, son respaldadas por alguien con datos y mejor defendidas de lo que podría hacer uno mismo. Y es agradable ver durante el periplo de Honoré, que hay muchas iniciativas en marcha en el mundo para mejorar la educación y reducir la locura en la que se han convertido muchas sociedades y sistemas educativos.

Lectura altamente indicada para padres, educadores y personas relacionadas o interesadas con la formación y la educación pública y privada.

A continuación, algunos extractos:

Marilee Jones, ex docente a cargo de las admisiones en el MIT, observó que el campus había perdido parte de su brillo creativo. Concluyó que el proceso de admisión estaba descartando a los inconformistas, a las personas del estilo de Bill Gates, los rebeldes que persiguen una idea por sí misma en vez de complacer a los padres o a los posibles jefes.

-o-

Tal vez lo más sorprendente sea que los exámenes no constituyen ninguna prioridad en Finlandia. Aparte de los exámenes finales al término del instituto, los niños finlandeses no se enfrentan a exámenes estándar. Los profesores los ponen pruebas en sus respectivas áreas, y las escuelas comprueban la evolución de los alumnos, pero la idea de empollar para las pruebas de acceso a la universidad es tan ajena a Finlandia como una ola de calor en invierno. Ello plantea una deliciosa ironía: el país que pone menos énfasis en la competencia y los exámenes, que  muestra un menor interés por las escuelas preparatorias y las clases particulares, es siempre el primero del mundo en los competitivos exámenes de PISA.

Según Domisch Rainer, experto en educación alemán que ha vivido casi treinta años en Finlandia, esta paradoja se debe a que el sistema finlandés antepone las necesidades de los niños a los ambiciosos deseos de padres y burócratas.

-o-

Logramos buenos resultados generales porque atendemos a todos los estudiantes – dice Kassinen. La clave es que los chicos de todas las capacidades estén juntos en la misma clase: al fin y al cabo, así es la sociedad.

Los informes de la OCDE lo confirman: en los países que evitan la división de alumnos según sus aptitudes, hay mejores estudiantes.

-o-

Los maestros de escuela fineses tienen una tendencia excesiva al método de instrucción tradicional de pizarra y lección. Es extraño, si tenemos en cuenta su afición a la tecnología, pero los finlandeses tampoco se han apresurado a informatizar sus aulas.

-o-

Tal vez la lección más amplia es que no hay una fórmula mágica para mantener a los niños controlados, ni hace falta que la haya. Sólo hay que pensarlo un momento: ¿hay algo más espeluznante que un niño que se comporte de modo impecable en todo momento? ¿O una familia que nunca se pelee? Rebelarse contra la autoridad forma parte del crecimiento –todos lo sabemos instintivamente- y el conflicto es un rasgo de la vida familiar. Tal vez no resulte agradable que los niños estén enfurruñados, den portazos o digan entre dientes “Te odio”, pero eso es parte del trato paterno filial.

-o-

Después de que los románticos entronizaran la idea de la inocencia infantil, el miedo a la corrupción no cesó de intensificarse. Los críticos advirtieron que leer cómics estimularía en exceso a los jóvenes y los llevaría a cometer crímenes y actos disolutos. Otros temían que el trabajo en las fábricas de la Revolución Industrial mancillaran moralmente a los niños, lo que motivó que algunos jefes contrataran a monjas o enfermeras para tranquilizarse la conciencia. Como todos los demás miedos sobre la infancia, el temor a la corrupción aumentó en el siglo XX, y se amplió hasta abarcarlo todo, desde la música rock a tiendas de regalos.

Esto nos muestra una de las paradojas más curiosas de la infancia moderna: hoy, al mismo tiempo que nos inquieta nuestra pérdida de inocencia, permitimos, incluso alentamos, que los niños se mojen cada vez más temprano los dedos en la piscina adulta. En parte se debe a nuestro deseo de acercarnos a los hijos, de fortalecer el estatus de “mejor amigo”. Al fin y al cabo, nada une más a dos personas que un pasatiempo compartido. Sólo hay que oír cómo deliran algunas madres sobre hacer limpiezas de cutis y pedicura a sus hijas de nueve años.

-o-

Claro está que el papel de los padres sólo es una parte de la ecuación. Más allá de la familia, debemos replantear las normas que gobiernan todo lo tocante a las vidas de los niños: escuela, publicidad, juguetes, deportes, tecnología, tráfico. Eso implica aceptar algunas verdades incómodas: que los coches deben ocupar menos espacio en nuestras calles, que gran parte del mejor aprendizaje no puede medirse, que los chismes electrónicos no pueden reemplazar algunas cosas, que la medicación debe ser el último recurso ante un comportamiento difícil, que nuestra adicción colectiva al consumo debe acabar.
Anuncios

El abismo

Como desarrollador con unos cuantos proyectos a mis espaldas, he llegado a identificar como uno de los problemas más importantes a resolver lo que llamamos “gap” tecnológico del usuario. ¿Qué este gap tecnológico? Pues se trata de la falta de determinados conocimientos tecnológicos (del usuario o cliente), que imposibilitan la comprensión y uso de un sistema.

Esta tierra de nadie, esta zanja en el camino a la solución tecnológica, puede ser de distintos tamaños, yendo desde la simple ignorancia de un pequeño truco o utilidad como puede ser el usar el TeclaControl+Fpara buscar palabras en un documento, o el TeclaWindows+escribirpara encontrar una aplicación en sistemas Windows 7/8, a algo mucho más profundo y peligroso como puede ser la total falta de conocimientos no ya en informática (que al fin y al cabo solo existe masivamente desde hace unos 50 años) sino la más completa ignorancia sobre qué es un automatismo, ordenador o máquina.

Con esto quiero decir que en casos leves es solución suficiente señalar al usuario dónde está un menú, o hacerle una demo de una funcionalidad nueva, pero en demasiadas ocasiones nos encontramos ante la ausencia del marco necesario para entender un carajo.

Este caso sería el del típico empleado que guarda toda su información en su ordenador local, y desconoce lo que es un fallo de hardware, una copia de seguridad, la naturaleza electromagnética de la información de su disco o RAM (volátil), las soluciones gratuitas de backup local y online, el valor de su información, etc…

Este tipo de usuarios puede ser un auténtico problema en entornos informatizados (cualquier oficina de más de 2 personas a día de hoy) por varias razones:

1.      Por un lado su falta de conocimientos hace que use mal las herramientas, en general infrautilizándolas y perdiendo un montón de tiempo al cabo de día por ello.

2.      Por otro lado, todo ese tiempo malgastando es tiempo que alguien tiene que pasar esperando o se transforma en trabajo extra para otros compañeros (por baja productividad o control de daños).

3.      La frustración que produce usar mal las herramientas lleva al usuario a estar descontento con las herramientas y eso genera una carga negativa a día a día que puede sumarse a otras cosas para generar un mal ambiente de trabajo.

4.      La lentitud y complejidad extra añadida al trabajo por un mal uso de la herramienta, suele  pasar factura a la concentración del trabajador, empeorando sus resultados.

5.      La imagen de la tecnología y los cambios, se ve empañada a ojos del usuario por todo lo anterior, generando una animadversión a la tecnología y el cambio. Algo que a la larga puede matar a una empresa o industria al completo.

Por si todo esto no fuera ya bastante malo, resulta que la llamada brecha digital solo se amplía con el tiempo y llega un punto en que se hace tan grande que tratar de superarla uno mismo cuesta mucho más de lo que podemos asumir, en particular en condiciones de estrés y negatividad como las que enumeraba antes. Y en cuanto a confiar en terceros…  reconozcámoslo: la mayoría de los cursos de formación tecnológica tienen mucho de estafa (ofertas de pocas horas concentradas, malos docentes, programas rígidos…) o un desastre por falta de tiempo (RRHH contratando basurilla y presionando para abaratar algo con que llenar el expediente).

Es por todo esto que el gap tecnológico, la brecha no tanto digital como tecnológica, es tan peligrosa: provoca problemas reales, reduce la productividad, aumenta con el tiempo, se contagia a su alrededor y no existe una solución definitiva para ella.

Así que ahora que sabemos qué es y cómo nos afecta, preguntareis “¿cómo arreglamos este gap, este abismo de conocimientos que está cargándose la viabilidad de mi empresa?” La respuesta es, en mi opinión, que no se puede resolver, solo podemos tratar de minimizar el problema. Y para minimizarlo, al margen de reconocerlo en nosotros (sí, todos lo tenemos, no se libra ni Dios) y en los demás, debemos tratar de atacarlo a la mínima oportunidad: si vemos que nuestros compañeros desconocen algo o realizan tareas que debería estar realizando una máquina, debemos acercarnos y ayudar con ello. Se requieren también paciencia, curiosidad y humildad para reconocer nuestra propia ignorancia y ocasional estupidez. Y se requiere una voluntad de equipo para tratarla entre todos en el día a día, a pesar del estrés, los roces y los humos de cada uno de nosotros. Pero sobre todo, creo que se requiere valor y asertividad para cuestionarlo todo (independientemente de la jerarquía) y disentir públicamente.

¿Difícil? Sí. ¿Incómodo y desagradable en muchos casos? Desde luego. Pero la alternativa dada la velocidad de los acontecimientos, es el fracaso a medio y largo plazo. Y si no, que se lo digan a la industria musical (barrida por iTunes y el P2P), la industria del cine (barrida por Megaupload y los torrents) o la industria editorial (barrida por Amazon y los ebooks) entre otras afectadas por no tener un marco de conocimientos adecuado sobre la tecnología y las herramientas.

Lecturas relacionadas MUY recomendables: Philip Zimbardo, Gerd Gigerenzer, Usuarios del siglo XXI, Robert J. Stenberg.

Ya.com y sus regalos

Durante unos cuantos años fui un cliente de Ya.com más o menos satisfecho. Pura suerte, ya ven. Pero con el paso del tiempo, las prácticas de telemarketing de dudosa ética y legalidad y los comportamientos irregulares de lo que pensaba era la línea, acabé pasándome a Jazztel.


El caso es que el teléfono fijo e inalámbrico que uso en casa, fue parte del kit de bienvenida que ofertaba Ya.com hace unos tres años, y el otro día le dio por cascar. La pantalla de cristal LCD dejó, de un día para otro, de mostrar información más allá de unas rayas que hacían poco usable el terminal. Como me gusta tratar de arreglar las cosas y me tomo tiempo y cuidado cuando puedo, me dio por destripar el aparato con la esperanza de poder repararlo, antes de tomar la decisión de comprar uno nuevo. Y en esa operación descubrí algo inquietante.


El terminal parece que sufrió algún fallo y fue reparado por algún herrero, a la luz del estado de los componentes. Una chapa levantada, posiblemente para soldar algo de circuitería, y vuelta a poner en su sitio con los dientes por lo menos. Tras la hazaña de herrero de taller clandestino, le debieron poner la pegatina de refurbished, y acabó en un lote de bienvenida de Ya.com. En mi casa. Y cascando.


Así que amigo lector, si tienes problemas en casa con tu ADSL de Ya.com, recuerda que es más que probable que el problema sea del material de mercadillo que te entregaron y que supusiste que sería barato, pero no barato además de defectuoso.


Ah, y comprueba los microfiltros. Me dicen que a veces esos cabrones fallan.


Por si alguien tiene curiosidad tecno-morbosa, adjunto las fotos del trabajo herreril del proveedor de Ya.com. Véase el machaque de la chapa de la pegatina verde:





PD: El teléfono se recuperó bien una vez desmontado el LCD, limpiado la zona, vuelto a colocar las conexiones en su sitio y aplicado presión a base de silicona.


PD2: Jazztel bien, gracias. Aunque parece que mi oscuro pasado con Vodafone (con quienes no volvería ni cobrando) les pone un poco nerviosos a la hora de dejarme contratar móviles. Peor para ellos. Yoigo va muy bien.