Proactividad

Desde que comencé mi vida laboral, no he dejado de oir, año tras año, empresa tras empresa, la palabra proactividad. Y siempre he sabido que el uso que se le da, es invariablemente erróneo. Normalmente se debe a pura ignorancia, pero a esta a menudo se le añade puro interés y cierta dosis de maldad que nunca deja de asquearme. Porque el concepto de proactividad lo acuñó Viktor Frankl como forma de sobrevivir a un entorno opresivo y malsano, como forma de mantener la vida y la cordura en un campo de concentración nazi.

Así que cada vez que, en un entorno laboral, oigo a alguien decir “hay que ser más proactivo” lo primero que pienso es que posiblemente se encuentra en un entorno psicológicamente malsano, y lo segundo que pienso es que la persona que me lo dice probablemente es una vendemotos con interés en que los empleados trabajen como esclavos.

Puede que esto parezca demasiado duro, pero se basa en mi experiencia y en saber de donde viene realmente el concepto de proactividad. Por supuesto no son leyes inmutables, y puede darse que la próxima persona sepa de donde viene el término, o que lo diga en un entorno donde el trabajo se planifica, se reparte adecuadamente, la gente (en particular los jefes) se responsabilizan e involucran en el día a día y no hay malos rollos. Pero creo que aun falta bastante para que vea ese día.

Para terminar, recomiendo el blog de Estratega, que tiene una entrada bastante buena al respecto de la proactividad, del que me permito copiar algunos extractos para los que no vayan a seguir el enlace:

la idea de proactividad acabó convirtiéndose en cliché y sirviendo varias posturas que no tienen nada que ver con ella, por ejemplo:

  • Practicar la hiperactividad, la impulsividad y asumir el riesgo sin reflexión, olvidando que la proactividad real parte siempre de principios y convicciones propias.
  • Trabajar intensamente
  •  hasta perder las suela de los zapatos o las huellas dactilares, si no quieres que te acusen de no ser “proactivo”.

  • Descalificar cualquier crítica
  • , por bien fundada que esté, al suponer que surge de la inercia y la defensa del status quo, es decir, de la “falta de proactividad”.

  • Identificar la proactividad con “agresividad”, palabra que sorprendentemente es asumida como un valor positivo en muchas organizaciones. Error, pues la agresividad es la manifestación de un entorno de “suma negativa”, en el que alguien pierde a costa de otro. Eso no es sostenible, pues una organización se fundamenta precisamente en lo contrario, en que unidos se es más.

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[Un comentario al blog dice:] Lo más curioso de todo es que la proactividad surge como una resistencia frente a la opresión en condiciones muy duras. No puedo imaginar que nadie pueda comparar su situación con la de un preso del holocausto, pero cuando nos enfrentamos a las dificultades quizás tengamos que dar un paso más. Me explico, era evidente para los perseguidos que lo que los nazis hacían estaba mal, pero nuestra primera labor para ser proactivos es saber que diantres va mal con nuestra empresa, tarea o administración, para luego poder actuar desde valores que sabemos ciertos.Dicho de otro modo, fue proactivo quien, en los tiempos de la burbuja inmobiliaria decidió apostar por la economía de verdad, esa del trabajo, la innovación, el esfuerzo y la honradez, no los que se dedicaron como musarañas inquietas a rebañar las últimas cucharadas del bowl.

PD: La vaca de la imagen es de Ventas con Peña Aguilera.

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Libro: Numerati

Título: Numerati
Autor: Stephen L. Baker
Editorial: Seix Barral

Lo reconozco, este libro tenía pinta de ser del rollete “teoría de la conspiración” y lo cogí con idea de reirme un rato (¿a quién no le gusta una buena conspiración?). Y aunque durante las primeras páginas puedes tener la sensación de que es alarmista y exagerado, y aunque la pésima traducción ayuda a mantener una imagen de “exagero y no tengo claro de qué hablo“, al cabo de un par de capítulos se revela como lo que es: un buen trabajo periodístico (no la basura de los periódicos) que revisa el estado actual de las tecnologías de análisis de datos, su volumen, sus usos y peligros.

Es una buena introducción al por qué hay gente horrorizada con los actuales problemas de privacidad, problemas que la mayoría de la gente desconoce o minimiza, y una lectura interesante para los interesados en las nuevas tecnologías, ya que da una perspectiva de dónde estamos y cómo hemos llegado hasta aquí, pasando por Adsense, Google, banca, vacas, salud, terrorismo, plataformas de blogs o los típicos análisis de perfiles de compradores y votantes. Por supuesto, en su línea de artículo periodístico, nos ofrece el lado positivo de la tecnología, partícularmente en ámbitos médicos, pero más como un “podría ser” que otra cosa, lo que deja un sabor de boca no demasiado agradable cuando se comprueba que de momento los “contras” parecen más reales y presentes que los pros.

Yo diría que el propio autor no ha podido encontrar usos lo suficientemente positivos como para equilibrar el uso actual, no demasiado *cívico*, por lo que acaba tratando de convencer al lector de lo útil que *será* el análisis de datos futuro, cuando lo puedan usar las personas para su beneficio y no solo las grandes corporaciones y gobiernos.

Así que para acabar, antes de meter algún extracto, yo diría que es un buen artículo periodístico, ligero, largo, y que puede resultar interesante para los interesados en el software y la tecnología en general. Pero sin llegar a ser un “must read”.

Algunos párrafos del libro:

[Sobre Adsense de Google] Resultó que unos robots se llevaban la mayor parte del dinero. Estos programas generaban cientos de miles de blogs, muchos de ellos mediante el respectivo servicio gratuito de Google, y los adecuaban para atraer anuncios de esta firma. Dichos spam blogs circulaban junto con los blogs humanos e impedían a millones de ellos cosechar valiosos clics.

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Las industrias ideales para los Numerati son aquellas en las que pueden equivocarse con frecuencia y aun así obtener buenos resultados generales. No es el caso de la guerra contra el terrorismo.

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[Para no dejar huella en internet] El modo más simple de hacerlo es realizar las actividades importantes fuera de la red […] No obstante, los terroristas también pueden manipular los datos que se recogen de ellos, distorsionando así lo que los especialistas llaman el “circuito de retroalimentación” [actuando de una manera diferente a la esperada o creando ruido]. Jerry Friedman, profesor de estadística en Standford, compara el efecto de esta táctica con las alarmas de coche que suenan constantemente y provocan que la gente las ignore.

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“Vamos a necesitar a personas inteligentes en la política”, dice [Jeff Jonas, creador de ANNA, un anonimizador propiedad de IBM]. Sin una supervisión estrícta, nos exponemos a obtener lo peor de ambos mundos: una sociedad vigilada que aun así no nos ofrezca seguridad.

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[De una de las entrevistas] me explica que una vez él también soñó con modelar el mundo, pero que después llegó a la conclusión de que las matemáticas, a pesar de ser tan eficaces, estaban equivocadas. -¿Por qué?- pregunto. -¿Alguna vez has oído que, si entra basura, sale basura?
Su argumento es que los matemáticos modelan malentendidos del mundo, a menudo usando los datos que tienen en sus manos en vez de ir en pos de lso hechos no visibles. Me relata la historia de un borracho que una noche oscura busca sus llaves bajo un farol, no necesariamente porque se le han caído ahí, sino porque es el único lugar con luz.

Libro: Innovación y Tradición. Historia de la tecnología moderna

Libro: Innovación y Tradición. Historia de la tecnología moderna.
Autor: David Edgerton.
Editorial: Crítica.

No soy muy fan de Cospedal precisamente, pero sus palabras de toma de posesión sobre innovación basada en la tradición, volvieron a mi mente el día que vi el título de este libro en la biblioteca. Y como pensé que la relación tenía cierta gracia, lo cogí sin saber muy bien que esperar de él.

Tras leer algunas páginas comencé a pensar que quizá trataba sobre inventos y tecnologías actuales, que se hubiesen desarrollado en un pasado más o menos remoto (100 años o más) y quizá redescubierto, y esperaba que el libro pudiera ayudarme a ver mi trabajo de desarrollo de software de otra manera, pero me temo que estaba algo equivocado.

Se trata de una obra extraña, bastante aburrida y descriptiva en exceso que va repasando un subconjunto de tecnologías (más bien herramientas o productos concretos) de los últimos 100 años y usadas en diversos lugares del mundo. Consta de muchos datos concretos de importaciones o producción de tal o cual producto para extraer poca información de ellos, sin desarrollar o hilvanar como me gustaría, las historias que cuenta. Ni siquiera se trata de herramientas relacionadas, o de elementos evidentemente importantes, sino de barcos acorazados, planchas de metal, telares, ferrocarriles y carros de tracción humana. De cosas como la corriente alterna, el software, o herramientas neolíticas, ni palabra.

Supongo que la orientación del libro es más indrustial y manufacturera que otra cosa, pero también trata algunas armas de la segunda guerra mundial en adelante. Y aunque leerlo ha resultado decepcionante y a menudo pesado, no puedo obviar que aporta una visión de la tecnología diferente a la que tenía, así como también señala detalles llamativos como son, el uso (o reutilización) de las herramientas tecnológicas en el tercer mundo, su impacto en los nacionalismos y la importancia vital de las redes de mantenimiento en cualquier tecnología de éxito (ahora nunca volveré a infravalorar el servicio técnico y las comunidades de usuarios avanzados).

Así que a pesar de lo aburrido que ha resultado y lo excesivamente descriptivo que resulta a veces, supongo que el libro cumple su misión de aportar una perspectiva diferente de la tecnología, por lo que si tienes tiempo y ganas, supongo que podría recomendarlo.

Apuntes sobre Innovación y Tradición que pueden ser llamativos:

Dada la escasez de los datos de que disponemos y su mala calidad, construir el relato histórico de las pautas siempre cambiantes de la invención no es tarea exenta de dificultades. Deberíamos, en consecuencias, mostrar escepticismo ante todo testimonio que defienda el aumento o descenso de la proporción o la significación de los inventos de un período particular de la historia. Las medidas que podrían llevarnos a tal conclusión no existen, y los criterios que sí existen parecen indicar la necesidad de proceder con gran cautela. La información estadística más importante que se halla a nuestro alcance en este sentido es el número de patentes, documentos legales por los que se otorgan a los inventores los derechos exlclusivos de su obra durante un período determinado. Aun así, solo parte de esta última pasa por dicho trámite, y no faltan tecnologías que no puedan siquiera hacerlo. Por otra parte la existencia de una patente no ofrece indicación alguna de su relevancia, ni tampoco de la de las tecnologías que tras ella subyacen. Además, las naciones adoptan sistemas distintos de registro, y todos cambian con el tiempo.

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En 1930 y 1931, la cantidad de aceite de ballena obtenida en el Atlántico fue igual a la suma del aceite de oliva de Francia, Italia y España. La margarina de él derivada se consumió sobre todo en Alemania, el Reino Unido y los Países Bajos, y su distribución estuvo dominada por la empresa angloholandesa Unilever. En 1933, los nazis comenzaron a promover la mantequilla alemana frente a la margarina y, en concreto, la mencionada compañía, y pusieron empeño en hacer hincapié en el uso del aceite de ballena. [Finalmente Unilever financió una flota ballenera nazi para evitar el boicot al parecer].

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Los planes y los costes de mantenimiento no pueden determinarse con antelación. En sistemas tan complejos [motores], se hace necesaria una ingente infraestructura de documentación, supervisión y vigilancia, sin que tal cosa reste un ápice de importancia a los conocimientos tácitos e informales. Las gentes y las organizaciones no hacen, en este sentido, otra cosa que lo que los economistas llaman “aprender haciendo” o “aprender de la experiencia”. [en los años 30 quedó de manifiesto que…] cuanta más cantidad de unidades fabricadas de un producto, menor será el coste de producción [o curva de aprendizaje].

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[Hablando de la reforma del Queen Elizabeth en los años 30 para adecuarse a las batallas venideras] El precio de su reconstrucción fue, aproximadamente, la mitad del que habría supuesto la compra de uno nuevo. Sin embargo, necesitó más tiempo del que se había esperado: resultaba más difícil predecir la duración de las reparaciones que programar la fecha de concluisión en caso de crear uno partiendo de cero.