El timo del cacheo y la obediencia a la autoridad

En las últimas semanas he empezado a leer “El efecto lucifer”, uno de los libros que tenía en la lista de “para leer” desde hace casi un año. Se trata de un libro de Philip Zimbardo que resume su experiencia en el campo de la psicología del mal y la psicología situacional que lo provoca. Hace un repaso de su célebre Experimento de la Cárcel de Stanford, de la prisión de Abu Ghraib y otros casos reales y experimentales más o menos conocidos (Asch, Milgram, Tercera Ola, nazis, genocidio de Ruanda…)

Aunque aun no he terminado de leerlo, puedo asegurar que es uno de esos libros que te cambian el esquema mental del mundo, pero el motivo de esta entrada no es comentarlo, sino mencionar un engaño basado en la predisposición de las personas a obedecer a la autoridad. Es un timo que llama la atención por el número de veces que ha sucedido y por las opiniones de los investigadores. He escaneado el texto con Onlineocr (funciona muy bien tanto con fotos como con escaneos), para que cada cual juzge donde más ha visto ese tipo de comportamiento o dinámica (trabajo, asociaciones, partidos políticos…) y si debería preocuparse por ello o estar alerta.

El llamado «timo o engaño del cacheo» se ha perpetrado en varias cadenas de restaurantes de comida rápida de todos los Estados Unidos. Este fenómeno demuestra el poder de la obediencia a una autoridad anónima pero que parece ser importante. El modus operandi es que el encargado o la encargada del establecimiento recibe una llamada telefónica de un hombre que se identifica como agente de policía y que dice llamarse, por ejemplo, Scott. Necesita urgentemente su ayuda en un caso de robo por parte de un empleado o una empleada de su establecimiento. Durante la conversación insiste en que se le dé el tratamiento de «señor». Antes ya ha reunido información pertinente sobre los procedimientos y los detalles del establecimiento. También sabe cómo obtener la información que desea mediante preguntas guiadas con habilidad, como hacen los buenos magos y los «mentalistas» profesionales. Es un buen timador.

Al final, el agente Scott obtiente de la encargada el nombre de una nueva empleada joven y atractiva y le dice que ha estado robando del establecimiento y que cree que en este mismo momento ya lleva algo encima. Quiere que se la aísle en la trastienda y se la retenga allí hasta que él o sus hombres puedan venir a buscarla. La empleada es retenida allí y el «señor agente», que habla con ella por teléfono, le da la opción de que se desnude y la registre allí mismo una compañera de trabajo o de que espere a que la lleven a comisaría para que la desnuden y la registren allí. Invariablemente, la chica dice que la registren en ese mismo momento porque sabe que es inocente y que no tiene nada que ocultar. El presunto policía habla luego con la encargada y le dice que la haga desnudarse y que la registre a fondo, incluso en el ano y en la vagina, en busca de drogas o de dinero robado. Mientras, el «policía» insiste en que le explique con el máximo detalle todo lo que ocurre y, en la mayoría de los casos, las cámaras de videovigilancia van grabando estos sorprendentes acontecimientos mientras se van desarrollando. Pero esto es sólo el principio de una pesadilla para la joven e inocente empleada y de un bario de excitación sexual y de poder para el llamante-voyeur. 

En un caso en el que declaré como perito y en el que la afectada era una asustada estudiante de instituto de dieciocho años de edad, a esta situación básica se le habían añadido una serie de actividades cada vez más bochornosas y sexualmente degradantes. Siguiendo las instrucciones del que llamaba, la chica tuvo que ponerse a saltar y bailar desnuda por la sala. , Luego, el que llamaba dijo a la encargada que fuera a buscar a un empleado varón de más edad que vigilara a la víctima para que ella pudiera volver a desempeñar su tarea en el restaurante. La situación degeneró hasta el punto de que el que llamaba insistió en que la chica se masturbara y le I hiciera una felacíón al compañero que supuestamente debía retenerla en la trastienda mientras la policía se encaminaba hacia el restaurante. Estas actividades sexuales siguieron más de dos horas mientras esperaban a que llegara la policía, algo que, naturalmente, no llegó a suceder. 

La singular influencia de esta «autoridad ausente» tienta a muchas personas que se ven en esa situación hasta el punto de que llegan a vulnerar la política de la empresa y, probablemente, también sus principios éticos y morales humillando y abusando sexualmente de una empleada joven, honrada y, con frecuencia, religiosa practicante. Al final, el personal acaba siendo despedido, algunos son denunciados, se presenta una demanda a la empresa, las víctimas quedan gravemente afectadas y los autores de estas patrañas —en un caso un ex oficial de prisiones— acaban siendo atrapados y encarcelados. 

Una reacción razonable cuando se tiene conocimiento de este engaño es centrarse en la disposición de los encargados y de las víctimas y calificarlos de personas ingenuas, ignorantes, crédulas, raras. Pero cuando nos enteramos de que esta patraña se ha llevado a cabo con éxito en sesenta y ocho establecimientos similares de comida rápida de media docena de cadenas diferentes y en treinta y dos estados distintos, y que han caído en el engaño muchos encargados de restaurantes de todo el país con víctimas tanto de sexo masculino como femenino, nuestro análisis no puede ‘basarse simplemente en culpar a las víctimas, y debemos reconocer el poder de las fuerzas situacionales que intervienen en este engaño. Así pues, o debemos infravalorar el poder de «la autoridad» para generar obediencia de una clase y en una medida que a veces es difícil de entender. 

Donna Summers, que fue despedida de su puesto de encargada de un McDonald’s de Mount Washington, Kentucky, por haber caído en este engaño, expresa con claridad uno de los principales temas de El efecto Lucifer sobre el poder situacional. «Lo ves desde fuera y te dices: “Yo nunca lo habría hecho”. Pero si no has estado en esa situación y en ese preciso momento, no tienes ni idea de lo que harías. Ni idea.» 

En su libro Making Fast Food: From the Frying Pan into the Fryer, la socióloga canadiense Ester Reiter llega a la conclusión de que la obediencia a la autoridad es el rasgo más valorado para trabajar en los establecimientos de comida rápida. «El proceso de línea de montaje intenta, de una manera muy deliberada privar a los trabajadores de todo pensamiento o criterio. Son apéndices de la máquina», dijo en una entrevista reciente. Dan Jablonski, un agente especial del FBI retirado que investigó estos engaños como detective privado, dijo: «Usted y yo podemos estar aquí sentados juzgando a esa gente y decir que eran unos imbéciles de tomo y lomo. Pero no se les ha enseñado a usar el sentido común. Se les ha enseñado a decir y a pensar: “¿En qué puedo servirle?”»

Nota: Esta entrada la publiqué originalmente en mi bitácora de Barrapunto.

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