Los escudos de Isa y Fran y la demencia social

Si este águila estuviese en Cáceres, ya estaría muerta. No es que Chuck Norris viva en Cáceres, es que varios avispados cargos del PSOE extremeño decidieron recientemente que un águila de Isabel la Católica colocada durante alguno de los 40 años de dictadura de Franco, debía ser eliminada, por franquista. No, no se trata de ningún error de transcripción de la noticia, estos ignorantes con poder de decisión, fueron incapaces de identificar correctamente un escudo franquista del siglo XX de un escudo de los monarcas del siglo XV y decidieron usar dinero público y una ley vigente de memoria histórica (un eufemismo político para renovar los callejeros y arañar unos votos) para eliminarlo. En Toledo también aplicamos la ley, pero sabemos reconocer los elementos a los que esta se refiere y ello nos permite aplicarla con rigor, no a la buena de dios como estos individuos.

Para los despistados, ya tengan poder de decisión en estos temas y dinero público al alcance o no, hay una regla muy sencilla para diferenciar un escudo de los reyes católicos de uno realizado durante la guerra civil o la dictadura por el bando nacional, independientemente de la versión o licencias del mismo y cuya difusión es el motivo de este post (aunque hay otras esta me parece la más clara).
El método, adornado con algo de historia, es el siguiente:
Durante el reinado de Isabel la católica allá por los siglos XV-XVI, la corona española abarcaba el reino de las Dos Sicilias, cuyo emblema se representaban con líneas rojas y amarillas verticales (Aragón) y un par de águilas (Dos Sicilias) como las de la imagen siguiente (los círculos verdes son míos):

Durante la guerra civil española del siglo XX (no olvidemos que hemos tenido unas cuantas antes) y la dictadura franquista, Sicilia era parte de Italia, por lo que no tenía ningún sentido en un emblema nacional y por tanto se reemplazó el apartado de las Dos Sicilias por las cadenas de Navarra (que sí eran y siguen siendo territorio español). El escudo quedó por tanto de la siguiente manera:

Así que si en algún momento nos encontramos un escudo dentro de un águila de San Juan, no seamos tan cutres de pensar automáticamente en Franco y comprobemos primero si en el rectángulo de la esquina superior derecha del mismo, están las águilas de las dos Sicilias y las líneas de Aragón (reyes católicos, siglo XV) o por el contrario encontramos unas cadenas (franquista a la vista).

En cuanto a Extremadura, me temo que han tirado el dinero y se han quedado sin una buena reproducción de un símbolo de la historia medieval de España. Espero que no les dé por empezar a corregir decoración romana por un casual, de la que por cierto también tenemos en Toledo, o por empezar a eliminar cualquier cadena de Navarra de los años 40 a 70.

Imágenes obtenidas de la Wikipedia.

Libro: La tabla rasa

tabularasa
Titulo: La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana.
Autor: Steven Pinker
Editorial: Paidós
Abrumador, aburrido, provocador, desmoralizante, revelador, interesante y deprimente. Este libro es todo eso a la vez, y también es un libro indispensable que citar o sobre el que hablar en casi cualquier discusión sobre la gente, las personas o la humanidad en general.

Diga lo que diga sobre este libro, tiene unas connotaciones demasiado profundo como para hacerle justicia, así que me limitaré a advertir algunas cosas y divagar un poco.

Para leer este libro, es muy recomendable tener cierta edad, algo que nos permita comparar nuestras vivencias con lo que comenta el libro, y conocimientos y teorías (formales o informales) suficientes sobre la naturaleza humana como para valorar adecuadamente lo que nos dice Pinker.

No es un libro que le daría a mi hija para leer hasta tener edad y experiencia como para poder asumir las consecuencias de sus contenidos. De hecho creo que hay muchas personas que quizá sería mejor que no lo leyesen, porque aunque su autor especifica que lo que dice, bien entendido, solo tiene efectos positivos, yo me sigo manteniendo escéptico sobre si cualquiera podría leer este libro y entenderlo como espera el autor o como me temo hay personas que cuanto menos sepan sobre la naturaleza humana, mejor.

Para personas con fuertes ideologías o creencias, este libro podría ser especialmente desagradable. Pinker ni ahorra crítica, ni hace intento de agradar a las ideologías de izquierdas, derechas, progresistas o conservadoras. La religión y las tradiciones tampoco se salvan, y esto deja poco espacio para salir indemne de su crítica, aunque esta sea en efecto positiva y completamente constructiva.
Para mi, como padre desde hace poco, este libro ha sido algo duro a la hora de recordarme que hay poco que pueda hacer por mi propia hija, más allá de proporcionarle tantas habilidades y recursos materiales como pueda para vivir, una vez que yo ya no esté. Yo mismo le decía a un buen amigo hace algunos meses, antes de leer el libro, que yo no iba a tener “algo mío” e ilusionante como me comentaba, sino que mi hija sería una persona individual, no gracias a mi, sino a pesar mío: los hijos no nos pertenecen, serán como sean y poco podemos hacer al respecto más que tratar de proporcionarles lo que necesiten, principalmente en formato materialista (formación, viajes, gadgets, libros…)

En cuanto al contenido formal del libro, debo explicar que se trata de un libro sobre la naturaleza humana, y que trata de desenmascarar esencialmente 3 creencias arraigadas que llevan a confusión a todo el mundo desde hace siglos. La primera creencia es la de la Tabla Rasa que da nombre al libro, la segunda la del Buen Salvaje, y la tercera se denomina el Fantasma en la Máquina. Estas tres mentiras quizá útiles en el pasado, y ampliamente aceptadas hoy día, son señaladas como algo a evitar en nuestras propias teorías de la naturaleza humana (la manera en que pensamos que es la gente y como la tratamos y legislamos), y da ejemplos de las mismas, señala sus fallas lógicas de manera despiadada, y propone alternativas para evitar caer en el racismo, el machismo, el totalitarismo y demás –ismos de mal vivir.

Como ya he dicho, este libro tiene mucha chicha y da mucho en que pensar, por lo que a continuación cito algunas un par de párrafos no muy largos, para abrir boca:

El autoengaño es una de las raíces más profundas de los conflictos y la locura humanos. Implica que se calibran mal las facultades que nos deberían permitir dirimir nuestras diferencias -buscar la verdad y debatirla racionalmente-, de modo que todas las partes se consideran más inteligentes, más capaces y más nobles de lo que en realidad son. Todas las partes que intervienen en una discusión pueden creer sinceramente que la lógica y las pruebas están de su parte y que sus oponentes se confunden, no son honrados o ambas cosas. El autoengaño es una de las razones de que, paradójicamente, el sentido moral a veces haga más mal que bien, una calamidad humana que analizaremos en el próximo capítulo.

En otra parte del libro:

A menos que una persona esté dispuesta a sufrir alguna consecuencia desagradable (y, por consiguiente, disuasoria), aceptar la responsabilidad es algo vano. Richard Nixon fue objeto de todas las burlas cuando sucumbió a las presiones y finalmente «aceptó la responsabilidad» del caso Watergate, pero sin asumir ningún coste, por ejemplo el de disculparse, dimitir o destituir a sus ayudantes.

Sobre la igualdad y el feminismo fatalmente entendido de demasiados “progresistas”:

No es obviamente progresista insistir en que sea la misma cantidad de hombres y mujeres la que trabaje semanas de cuarenta horas en un bufete de abogados o que dejen a sus familias durante meses para sortear tuberías de acero en una plataforma petrolífera. Y es grotesco exigir (como hacían en las páginas de Science los abogados de la paridad de género) que se «condicione» a más mujeres jóvenes «a escoger ingeniería», como si fueran ratones de la caja de Skinner

Sobre los hijos y los estudios que confunden correlación entre comportamiento de padres e hijos, con causalidad:

los hijos no son un montón de materia prima a la espera de que se les dé forma. Son personas pequeñas, nacidas con una personalidad. Y las personas reaccionan ante la personalidad de otras personas, también cuando una es el padre y la otra, el hijo. Los padres de un hijo cariñoso pueden corresponder a ese cariño y, con ello, actuar de distinta forma que los padres de un hijo que evita sus besos y se los limpia. Los padres de un hijo callado y distraído pueden pensar que hablan a la pared, tal vez por eso parloteen menos con él.

En resumen: lee este libro, y hazlo dejando de lado la ideología que tengas.