Las primeras 10.000 fotos son las peores

Your first 10,000 photographs are your worst. – Henri Cartier-Bresson

Y creo que tenía razón el hombre. Estaba pensando hace poco que al fin estaba empezando a hacer fotos decentes con un ratio aceptable de basura, y comprobando mis carpetas de fotos (~12.000 archivos de 2004 a 2009) veo que, eliminando algunas repetidas, y fotos ajenas, debo andar en torno a las 10.000 fotos.

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Libros de verano

No sé si es cosa mía, del verano o de una mala elección de los libros, pero estas vacaciones he tenido que “abandonar” varios libros, cosa que solía detestar no hace mucho, pero que con la abundancia de libros que tengo gracias a la biblioteca de mi comunidad, podría estar convirtiéndose en costumbre. No es la primera vez, pero me llama la atención porque tenía tiempo para leer y al contrario de otras ocasiones donde cojo libros para hojear o probar suerte, tenía ganas de leer estos (al menos al principio).
Sobre los libros del verano, han sido 3 y solo he acabado el primero:

En busca de la Atlántida. (100%)
Una novela de aventuras que engancha bastante, con mucha acción e ideas interesantes sobre el continente de Platón, su pasado y su historia posterior. Una obra que podría dar lugar a una buena película serie de televisión de culto, pero que no deja de ser un entretenimiento. Perfecto para verano pero sin aplicación posible en mi entorno actual. Ahora me estoy leyendo un libro sobre la Ahnenerbe muy interesante, gracias a sus referencias sobre la organización nazi.

El líder de 360 grados. (50%)

Una obra sobre el liderazgo para mandos intermedios con muy buen comienzo escrita por un hombre de dios llamado John C. Maxwell. En realidad se trata de un compendio de consejos sobre liderazgo para mandos de todo tipo (con y sin “jefes”) que se podrían catalogar de útiles y que acompaña de abundantes ejemplos supuestamente reales. Lo malo de la obra es que parece escrita por un cura, por su tono y extensión, todo muy de buen rollo, tranquilo y relajado, casi flojo, en contraposición con otras obras donde cada capitulo te invita a ponerte a trabajar de inmediato. Al final la lectura no engancha nada, y se extiende demasiado en cada tópico, haciendo multitud de referencias a libros anteriores, lo que provoca una sensación de estar leyendo lo mismo una y otra vez. Ni siquiera da sueño, así que no he conseguido pasar de la mitad. Es como leer aire.

Anábasis. (25%)

La obra que mencionaba Drucker sobre el liderazgo en la antigüedad. La historia real de un ejército mercenario griego en el siglo IV a.C. que al inicio de una campaña por el trono real en tierras persas perdió a su patrocinador y líder y tuvo que apañárselas para volver a casa desde territorio hostil y sin apoyo. Todo narrado por el historiador Jenofonte, que formó parte de esa campaña.
Al principio promete, pero supongo que tenía unas expectativas diferentes sobre el libro, y al final, de lo que me he leído solo me han resultado interesantes las extensas notas a pie de página del autor de la compilación y traducción de los textos, que se toma la molestia de aportar mucha de la información necesaria para sacarle jugo a la historia.
Puede que lo que me ha vencido de esta obra haya sido el ritmo narrativo, al que no estoy habituado. Quizá esperaba una historia más novelada, un relato, y me he encontrado con una compilación de sucesos bastante fría. Probablemente pruebe suerte con El ejército perdido, de Manfredi que es la misma historia pero novelada.

Nautico Imperial

Posiblemente Lord Vader diría que no me ofusque con este terror calzable que he comprado, pero me sorprendió bastante ver que los nauticos que compre en las rebajas de Springfield en Santander, tenían impresos en la suela una vista lateral de un destructor imperial (o estelar).

Y fueron una ganga.

Para los que no estén familiarizados con las naves de Star Wars, hay una entrada en la Wikipedia sobre las Star Destroyer.

Los nombres son importantes

Los nombres son importantes” decía Publio Cornelio Escipión, general romano con imperium en Hispania durante la Segunda Guerra Púnica iniciada por Aníbal Barca, según narraba Santiago Posteguillo en Las Legiones Malditas.
También los egipcios en la antigüedad creían en el poder de los nombres. Pensaban que conocer el poder de una cosa te da poder sobre ella y por tanto es un tema recurrente en la mitología egipcia (el nombre secreto de Ra) o visible en su propia escritura como descubrió Champollion al deducir que rodeaban acotando con líneas los nombres propios en sus jeroglíficos. Y como no podría ser de otra manera teniendo en cuenta el pasado común, los hebreos recurren a la religión y el mito (el Golem y el nombre de Yahvé escrito en su frente) para evidenciar la importancia del nombre.

Los nombres son importantes”, decía un jefe que tuve en cierta empresa. Y por ello trataba de seleccionar con cuidado el nombre de las partes que componían una aplicación y de la aplicación (codename que dicen en Microsoft) en si misma. Algo poco ortodoxo, pero curioso y útil.

Hay que ponerle un buen nombre” decimos ahora cuando creamos un detergente con Megaperls o una crema con Hidroactive, pero al final todo se basa en lo mismo:

El nombre que damos a algo, condiciona nuestra percepción de ese algo.

Programador” y “programación” recuerdan demasiado a la columna de programas de televisión de una cadena local, como para que se tome en serio el trabajo que realiza un informático escribiendo código, y la propia palabra “informático” está completamente desprestigiada debido a su abuso para todo (“fallo informático”, redes informáticas, aplicaciones informáticas, sistemas informáticos de vuelo, informática doméstica, juegos informáticos…).
Analista” suena mejor, ya que probablemente lo relacionamos con el análisis financiero, el dinero, Wall Street y demás cosas “grandes” y “serias”.
Supongo que de ahí mi preferencia (como consultor, analista y programador) de llamar al analista y programador informático, “desarrollador”, que indica algo más interesante que programar y sugiere que las aplicaciones no se piensan, escriben, prueban e implementan solas de la noche a la mañana y que requieren de cierto rodaje. Aunque me sigue pareciendo una palabra insuficiente.
También parece que este tema de la importancia de los nombres tiene mucho que ver con la aparición de términos cuanto menos curiosos en el mundo del software, tales como “arquitecto de software”, “CEO de start up”, o similares, aunque en mi opinión se debe más al marketing y las ganas de darse aires que a un intento de comunicación real con el cliente.
En cualquier caso los nombres son importantes y no es lo mismo echar horas y ganas a una actividad con un buen nombre que a una actividad que suena a viejo y aburrido.

PD: Supongo que Shakespeare no estaría de acuerdo con esta entrada, pero el no vivía en la Era de las Comunicaciones.