Libro: Los Ejecupijos

Libro: Los Ejecupijos. Manual para reconocer, imitar o sobrevivir a los falsos ejecutivos.
Autor: Francisco Gavilán.
Editorial: Mondadori.

Este libro es una auténtica joya, y el hecho de que haya sido escrito en 1989, hace casi 20 años, le proporciona aún más mérito, ya que nos encontramos ante una atemporal mordaz y despiadada crítica que es además un excelente trabajo en cuanto a estilo, de los que ya no se encuentra uno más que en alguna columna dominical de sillones de la RAE. Sarcástico e irónico al máximo durante las casi 200 páginas de que consta, posee un número de chistes por página tan alto que bien parece un capítulo de Padre de Familia (sin la escatología).

Página a página el autor desgrana todas y cada una de los peores hábitos, defectos morales, taras intelectuales o malas costumbres que puede tener un ejecutivo, directivo, mando o superior en una empresa, y todas y cada una de las prácticas que conoce de manera directa o de oídas todo aquel que haya tenido la mala fortuna de tener que trabajar para vivir.

A pesar de lo ácido, despiadado e incluso cruel que puede resultar el autor en sus análisis o quizá gracias a ello, es reconocible el tono de jocoso del libro y no solo podremos reconocer diseccionados a nuestros superiores o compañeros de trabajo, sino que podremos ver el reflejo de errores que, mal que me pese, nos afectan a todos. Aunque visto en tono positivo, puede ser un buen recordatorio de lo que debemos evitar a toda costa.

Mención especial se merece el delirante organigrama incluido en el libro de la organización típica de una (mala) empresa, que empieza en el jefe y termina en el único currito de una organización plagada de cargos intermedios. En definitiva, este libro es absolutamente memorable y cualquiera que se lo compre (si es que puede encontrarlo dada su antigüedad) se divertirá de lo lindo.

Por otro lado, quien espere encontrar un manual para la empresa, va desencaminado, ya que en este libro no se dan consejos, sino una fina disección y clasificación de “ejecupijos”, eso si, infinitamente mejor, más acertada y de más estilo que la que hicieran posteriormente otros autores.

A titulo personal, diré que desde la mismísima (y algo hortera) portada he podido reconocer algún espécimen de “ejecupijo” con el que he tenido la desdicha de cruzarme, y por supuesto, algunas de las clasificaciones del autor cuadraban al 99% con algún que otro jefes que haya conocido directa o indirectamente, así que a riesgo de resultar algo cansino sobre lo bueno que es este libro creo que lo incluiría como lectura obligada en cualquier plan de estudios (universitario o anterior).

Como viene siendo costumbre, aquí cito un extracto:

“Utilizamos un símil futbolístico, -el de centrocampista- para definir a ese tipo de ejecupijos cuya principal habilidad consiste en distribuir juego (su trabajo) a todos sus colegas, eludiendo siempre él toda responsabilidad. Pero -¡entiéndase bien!- no es que distribuyan parte del riesgo que a ellos les corresponde. Es que no asumen ¡ninguna responsabilidad! Cuando la alta dirección les asigna algún proyecto, hacen jugadas magistrales y filigranas dignas del mejor ariete: avanzan, regatean, retrasan, cargan –siempre antirreglamentariamente-, hasta que, finalmente, con el más impecable estilo, cabecean con fuerza el balón (su responsabilidad), desplazándolo hacia sus más inmediatos colaboradores.

Eso si, antes del traspaso, analiza con éstos la tarea. Pero sin correr riesgos. Sus instrucciones son tan claras como las que un célebre escultor impartía a sus discípulos: “la estatua está en la piedra: solo hay que quitar lo que sobre.” Porque el ejecupijo centro-campista no se equivoca nunca. Salvo cuando toma decisiones o por un descuido ejecuta algo. Aunque esto raramente ocurre, porque nunca toma decisiones en tanto pueda lograr que la tome otro. Para él es esencial trabajar en equipo: le permite culpar a otros. Por las tácticas que este ejecupijo emplea, es fácil inducir que nunca tiene nada que hacer. ¡Aunque es justo reconocer que esto lo hace a la perfección!

El centro-campista simula que colabora –intenta “quedar bien”- interviniendo en todas las jugadas, pero sin comprometerse jamas con nada ni con nadie. Más talentoso que el resto de modelos de este zoo, opina lo que el capitan Jack: “Si es usted inteligente le encargarán todo el trabajo. Si es usted realmente inteligente, sabrá como librarse de hacerlo”.

La aplicación de sus estrategias le permite, obviamente, asumir “otras muchas responsabilidades” y demostrar “su gran capacidad de trabajo”. Acepta y discute las ideas advirtiendo sutilmente el peligro de los matices: “¡ojo con esto!” “¡cuidado con aquello!” “¡así no le gustaría al presidente!”. Con el no es posible dejar de recordar ese axioma que afirma que ¡el ejecupijo que avisa más es el que trabaja menos!”

[…]

“En cualquier caso, sus ordenes nunca son claras y siempre verbales. Porque el centro-campista, al contrario que el perfeccionista es papirofobo. No quiere papeles sobre su mesa y los que llegan los decreta rápidamente. En consecuencia, nunca se compromete por escrito. Así, la culpa es siempre por la torpeza de los demás que “no le entendieron” o “no le supieron interpretar”. Y si alguien se muestra reticente en cumplir sus órdenes, no duda en esgrimir su trampa más sutil: ¡Es un asunto del presidente!.

Los ejecupijos centro-campistas permanecen prácticamente todo el día en su sillón del despacho. Toda su fuerza radica en el ano. En tanto el sillón que ocupan no llague sus nalgas, nadie podrá destronarles de su poltrona, salvo que se recurra a la Guardia Civil. Este tipo de ejecupijos es, consecuentemente, el que mejor resiste la adicción a permanecer indefinidamente en la oficina. Porque no consumen realmente energías. Ni se queman en el cargo. Son incombustibles. Como las cerillas de Tabacalera.

Dada esta situación de aguante, tienen una especial práctica en ocultar su ocio durante tants horas laborales. En el trabajo hablan con absoluta precisión del golf, de los automóviles o de los programas de televisión. Y fuera de la oficina, lo hacen del trabajo, pero con una ambigüedad digna del político más votado. “[…]

Y ya de paso, incluyo el organigrama de lo que el autor considera una organización plagada de ejecupijos.

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