Vista al Reina Sofía

Este fin de semana, me acerqué al Museo Reina Sofía con ánimo de culturizarme un poco, ver la ampliación y entretenerme con la novia (gracias a dios que le gustan estas cosas). El caso es que mis fuentes (gracias Cris) me habían informado previamente de que los sábados por la tarde y los domingos por la mañana el museo está abierto y la entrada es gratuita, así que allí nos plantamos la tarde del sabado después de comer en la zona de Chueca y tras una obligada vuelta por Fuencarral, en un restaurante llamado Samá Samá de magnífica decoración, donde pudimos comprobar que la calidad de los menús realmente iba en función del precio (no recomiendo el de 12 € pero si, y mucho, el de 20 €).

El caso es (que me pierdo) que al llegar al Reina Sofía vimos una cola enorme en la puerta principal, así que decidimos ir a tomar algo a la cafetería-restaurante del museo en espera de que la cola disminuyese y para ver más de cerca la ampliación, que resulta ser muy bonita con ese color rojo y esas formas redondeadas como de navío recién construido, en dique seco, a la espera de botadura y unas “ventanas” de bordes plateados en el techo del patio que dan una sensación dificil de explicar e imposible de captar con una cámara pero realmente preciosa. Y ahí, en la cafetería, al acabar el café y acceder al patio, nos dimos cuenta de que se puede coger entrada y acceder al museo sin pasar por la atestada entrada principal usando la taquilla y entrada del patio, al que se accede desde la cafetería. Es algo que la gente desconoce, como nos señaló entre sonrisas complices la mujer de la taquilla. Y así accedimos al museo.
Y gracias a ello disfrutamos con toda la tranquilidad y sin una sola espera las exposiciones y obras del museo, aunque no de todas, puesto que el museo es enorme y acabamos agotados y abandonando a falta de una planta entera y varias salas, lo cual es raro o indicativo dado que estabamos curados de atracones tras un reciente viaje a Florencia.

El caso es que había mucho arte bueno y mucho arte del que yo denomino basurilla abstracto-conceptual, es decir: obras que podrían haber sido hechas por mi hermano (licenciado en Bellas Artes al que quiero pero también meto caña con este tema) en un par de horas de aburrimiento y falta de inspiración de haber tenido materíal a mano.
En cuanto al arte “bueno” (o sea, el que me gustó) destacaría la exposición de Adolfo Scholosser, que usaba con profusión piedras, ramas y piel, con las que conformaba curiosas estructuras, o fotografías con las que forma círculos y espirales a modo de fotografía esférica. Realmente curioso.

Por otro lado tuve una gran decepción cuando llegué a ver el Guernica. Se trata de un cuadro que nunca antes había visto pero sobre el que había estudiado y sin embargo me ha parecido una mierda.

Supongo que las exiguas dimensiones y el haber leído Arturo Pérez-Reverte hablando sobre las guerras, junto con los colosales cuadros de batallas que ví en Florencia me han hecho ver el cuadro de una manera diferente a la de los “expertos”.
Pero no importa. La visita al museo mereció la pena y si alguien va después de leer este artículo a la exposición de Adolfo, que se fije en una escultura de madera semejante a un champiñón… porque si miras la parte que da a la pared, descubrirás que no es un champiñón de madera. Lo que reí cuando lo descubrí.

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